Vigésimo primero. He subido rápida y ansiosa, con un equipo de ayuda para recuperar todos, todos los muebles de mi casa. La lava está a casi a 2 km de distancia, y cruzo los dedos con lágrimas en mis ojos.
De nuevo desde la terraza de mi casa toda cubierta por un espeso manto de ceniza, he mirado de frente al volcán sin nombre. ¡me dejó sin palabras y sin aliento!.
Es tan poderoso, tan intimidador, tan fascinante y majestuoso, y tan terrorífico a la vez. Negro como las playas en las que me baño; ha creado unas bajas en las que volveré a saltar de charca en charca, como las olas al golpearlas.
¡ay, esos recuerdos que se agolpan en la memoria; ay, esos espacios en blanco para rellenarlos!.
¡Mi casa aguantará!, me lo dijo el volcán.


