Al principio es un tablero lleno de piedras de distintos tamaños, colores y formas. Las llamaré «fichas», para así explicarlo mejor. ¡Veámos el juego de símiles!
Es un empezar como si fuera un juego de puzzles: una cabeza aquí, un dorso allá, un pie ahí, un bolso acá.
Luego se transforma en un juego de dominó; las fichas se remueven una y otra vez; y de repente, un esbozo, una idea, un boceto.
Entonces comienzo a ver; cambiando fichas por otras, para dar forma a su cuerpo. A veces sé, sin saber cómo, cual es su nombre. Ahora solo tengo que encontrar su lugar, su espacio. O como el juego del revés, tengo su espacio y me falta su nombre. O ambas cosas a la vez.
Encontrar un lugar requiere una combinación de colores y formas conjugadas, para que el cuadro se haga visible, tome luz y muestre su historia. Y así, se convierta en un cuentacuentos de poesía en piedra.
Mi tablero de piedras es como degustar una copa de vino. Es descubrir lo desconocido, lo impredecible, lo enigmático. La adrenalina se dispara y los sentidos se agudizan. Uno nunca sabe con qué se va a encontrar cuando miras un tablero de fichas.
Las piedras presentan una gama infinita de colores y formas para quien quiera interpretarlas. Son variadas, múltiples; nunca es exactamente el mismo cuadro porque cambia el momento, porqué quizá también lo es el estado de ánimo de quien lo mira. ¡Es como el vino!
Mis cuadros son sanitariamente inocuos, positivos, ecológicos, beneficiosos para la salud y modestamente encantadores.
El observador-comprador, a fin de cuentas está siempre solo frente al cuadro, y frente a sus propias sensaciones.
Catar es un arte de vivir. Todo se cata desde el momento mismo que se acerca a nuestros sentidos.
