Es una burra como diría J.R. Jímenez, graciosa y cariñosa; con sus grandes orejas, y su mirada cautiva , y tan tierna.
Me gusta visitarla, cepillarla y darle zanahorias.
El otro día Tana se me acercó, y con su gran hocico comenzó a olerme; notaba el aire de sus soplidos en mi piel.
Y le pregunté ¿A que huelo, Tana? sería el perfume del romero en el que me gusta envolverme; o el resto de fragancias de mi colonia de frasco; o el olor de mi gato; o el sudor de un día largo de trabajo, o tal vez, la brisa de mar en la piel?
Entonces me acerqué a su gran hocico y comencé a olerla también.
Y mi propio olor, despojado de todos esos que llevamos encima. Tana olió mi propio olor? una mezcla de ecos por sus grandes orejas; una visión agrandada de sus enormes ojos, y el soplo de su gran hocico.
Cuando la llamo, ella viene a mí. Nos olemos las dos!

