Evelina

Sentada en la Tasca, mientras esperaba, relajada y muy confortada, un poco extraña ante sí misma, con las rodillas doloridas, la espalda entumecida, Evelina sintió como si alguien por detrás le tocara en el hombro. Al girarse comprobó que un hombre vestido totalmente de negro, incluido copa de sombrero, con pelo liso, cara de gato, mirada brillante y canentas pestañas le ofrecía una diminuta flor.

Sorprendida y algo aturdida, como hipnotizada por un hechizo solo atinó a decir ¡Oh!. Inmóvil contemplaba la flor, contemplaba al hombre, y por un momento tuvo la certeza de haber iniciado un viaje sin retorno.

El hombre sentándose junto a ella puso la flor en sus manos y susurrándole le dijo: «¡un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es!, nuestra mente no puede absorber sino pocas cosas a la vez; vemos sólo lo que ocurre ante nosotros, aquí y ahora; no podemos concebir simultáneamente otra sucesión de procesos!».

Y entonces de repente, la pequeña flor diminuta que mantenía Evelina en sus manos, se transformó en múltiples florecillas de colores del arco iris que se desvanecieron como espumas refulgentes.

¡La vida es un misterio!

Evelina no dijo nada durante unos instantes. Estaba perpleja. Llevaba más de una hora en aquel lugar. Mirando sin ver nada, sin hacer nada, sin ser nada. Y ahora se sentía sin saber como, en cierto modo liberada y solo se le ocurrió pensar en una frase que había leído no sabía muy bien donde: si te preguntan tu edad, sonríe. Todo era tan raro.

Aquella voz era bella, profunda, pausada. Hablaba y decía cosas extrañas y lejanas, cercanas e íntimas, historias incomprensibles, tiernas, de xanas, de viajes en bicicleta, de estrellas. Hablaba de cosas que atravesaban el corazón, que le conmovían en forma desconocida.

Tal vez era cierto que las copas que Evelina llevaba ingeridas se le hubieran subido a la cabeza, sin embargo noto un irrefrenable deseo de hablar, de contárselo todo.

Mientras hablaba y hablaban, Evelina volvió a tener la impresión de que aquel desconocido y ella se conocían desde siempre. Una impresión basada seguramente en la libertad que ella sentía para expresarse sin ocultar nada. Eso, no lo había conseguido ni siquiera en las horas de terapia.

Él la había escuchado sin impaciencia, sin terminar sus frases, sin dejar que su mirada se apartara de su rostro. Él había hablado con enorme emoción. Gran parte del tiempo sus palabras debieron parecer ininteligibles. Sin embargo ella le había escuchado con tanta atención. Sabia escuchar y por eso el podía hablar.

Sentados en aquella Tasca no advirtieron la llegada de la noche. Una delgada techumbre de nubes plateadas reflejaba débilmente el sol desvanecido.

John Marcel Leopold pidió otra botella de vino. Estaba sentado junto a Evelina, intentando explicarle como los vinos formaban parte de su vida. Que él era un degustador de vinos.

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