¡Mirarte a ti, es describir la intimidad de un vino!
Con ceremonia exquisita, en una fina copa sirvió un tercio ni más ni menos, giró la copa en remolinos ondulantes, sugerentes, y a trasluz vio su cuerpo de terciopelo color cereza intenso.
Sosteniendo aún la copa, mirándole a los ojos, de manera delicada, profunda, buscándole las piernas, aspiró la fragancia de sus ojos castaños. En la rebeldía de su pelo percibió elegantes matices florales de rosas y violetas. El sugestivo escote de su torso mostraba atisbo de pimienta, vainilla y aromas de sotobosque. Con un sorbo en sus labios suave y redondo abría paso al final de su boca notas a torrefacto.
¡Delicia estancada en paladar recio para endulzar el aroma de la piel!.
En ese momento, en esos extraños segundos Evelina vivió algo que jamás había experimentado. Nadie le había hablado jamás en ese susurro y sintió una profunda emoción que no supo contener.
Notó como todo su cuerpo se estremecía al mirar bastante ruborizada el viento azul mediterráneo, la brisa atlántica de pasión y el mar gris cantábrico de melancolía que su mirada traslucía.
¿Quién era ese hombre?
Era como un ser de otro mundo que había llegado en bicicleta, con ecos de lejanas historias, con aromas de tramontana justo en el momento en que ella lo más necesitaba.
Y bebió. Del vino bebió.
