Se resfrió. Y su cuerpo se resintió. La inapetencia le invadía; la tos, los mocos y el malestar la tenían atrapada y deprimida. Sentía un vacio en el corazón; una sinrazón sin sentido; intentaba recordar algo bonito, pero nada, nadie, acudía a su mente, y a su espíritu.
Escribió un par de líneas, dibujó algunos bocetos, alli al lado del mar, mirando el horizonte, el atardecer y la noche que caía. Nada le atrapaba, nada le tranquilizaba.
Entonces, de repente, una luz en el cielo la deslumbró. Se levantó; inflada de energía resplandenció; sus latidos latían, su espíritu fluía; y recordó todas las cosas bonitas que pensó.
Esa luz en el cielo la iluminó; era grande y resplandeciente; luminosa y esplenderosa; allá a lo lejos, en el universo estrellado. Esa luz en el cielo le mostró cual era su camino.
Era ya tarde, y con una sonrisa dibujada en su rostro, y un resfriado, se marchó.