«Abrí un ojo. Luego el otro. El frío de la mañana le helaba a uno los huesos por dentro. Me incorporé lentamente y solo tras frotarme los ojos con energía puede observar la amplitud de lo que veía, que se extendía ante nosotros aún más enorme y caudaloso de lo que la noche anterior lo había imaginado. En el margen derecha los pinos se alzaban tupidos, apiñados y sus ramas inmensas apuntaban hacia el cielo luchando por encontrar la luz de aquel sol salvaje. A la izquierda, las rocas caían más abruptas y tras ellas se desplegaban un sinfín de colinas negras que se perdían por el horizonte. Por un momento me imaginé trepando hasta sus cimas y penetrando en sus entrañas».
