Los viajes de Evelina

Querida amiga, aunque nos hayamos convertido en alguien completamente distinto, y sólo conservemos de lo que antes éramos una fina capa de piel, a pesar de todo, podemos continuar. Y todo, todo está dentro de ti, porque hoy:

cierro mis ojos y estoy tumbada en la fina playa de Famara; los abro y oigo el rumor del desierto en Parmira, dónde las diminutas piedrecillas de arena revolotean como alas de mariposas en un lento cortejo de lamentos; los cierro y contemplo la inmensidad del gran silencio del Gran Cañón; los abro y estoy sola perdida en las cordilleras de Kyrgyzstan; los cierro y estoy paseando por la playa de Riazor, con la torre de Hércules mirándome a los lejos pasar; los abro y la preciosa Berlín me acoge en bici para deleite de mis pies; los cierro y en una alfombra mágica vuelo sobre los embrujadores mercadillos de las mil y una noche de la medina de Marraquech; los abro y estoy en la ciudad encantada de Cuenca; los cierro y respiro; los abro y estoy feliz aquí contigo.

La miré, no era fácil contemplándola con detenimiento, olvidar que su rostro tenía una capacidad evocadora semejante a la de aquellos olores que al tocar la memoria olfativa recomponen una calle olvidada, un escenario sumergido. Daba gusto encontrarme con ella en un ambiente tan cálido, donde el tiempo parecía no transcurrir. El sonido del mar murmuraba y susurraba incitándonos al sueño. Mirando la misma luna del mundo, la abracé. ¡Bienvenida, Evelina!.

Se ve una casita de piedras con tejado a dos aguas, derruido. Las palmeras, vete tu a saber que contarían; las tuneras para dar sus riquísimos frutos, blancos o rojos.
A dos aguas.

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