En una bicicleta

John Marcel Leopold entro en la Tasquita y pidió una botella de vino. Estaba agotado, le dolían las piernas, la espalda y tenía sed, de pronto tenía mucha sed.

Llevaba diecisiete días en bicicleta, escasa lluvia, muchos caminos y carreteras solitarias, paisajes de brumas, anécdotas traviesas y encuentros estrechos. Se había desviado varias veces, había ido haciendo eses.

El último día de pedaleo las sombras de la noche se le vinieron encima y no tenía forma de encontrar algún poblado cerca. Estaba en un lugar deshabitado en medio de las montañas. Comenzó a buscar alguna casa cercana, pero no veía ninguna.

El bosque que atravesaba tenía un aspecto frondoso. No se oía ni un ruido. Ya no le quedaban más fuerzas y había decidido pararse, cuando inesperadamente, de entre los árboles, diviso una casa derruida envuelta en una neblina gris. Se acercó, empujo la puerta rota y entró. El suelo de tierra, y sobre el suelo algo de paja. Necesitaba calor. Se apretujo contra si mismo y se quedo dormido.

Al amanecer pensó que no sabía cuantos kilómetros había recorrido. Simplemente compró una bicicleta e intentó otra forma de pedalear a su interior. Había iniciado un camino.

Así que el descubrimiento de un pinchazo en una rueda, el cuerpo dolorido y la presencia de grandes nubarrones oscuros le animaron a meter la bici en la guaga local y hacer el último tramo cómodamente sentado.

Ahora en aquel pueblo, y nada más entrar en aquella Tasca, percibió sutilmente el aroma de una mujer.

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