John Marcel Leopold despertó con el alba. Se incorporó. Se volvió despacio, observando todos los alrededores en todas direcciones. Además de la fantástica luz, de colores puros y azules, el olor de la isla flotaba en el aire. Los árboles próximos eran de mediana altura y parecían viejos.
«Se encontraba en un un mundo habitable».
Notaba la caricia del viento en las mejillas, el tímido calor del sol en su espalda. Oía gorjeos de pájaros en los árboles y el ruido más apagado de los insectos.
Aspiró el aire sorprendido. Cerró los ojos e intento recordar el mayor número de cosas bellas posibles. Un silencio sin promesas llena su alma. Estaba preparado. Podía ir a cualquier parte.
Allí de pie se concentró en vivir, en sentir las bocanadas de aire en su garganta. El nuevo hombre abría sus ojos maravillados al descubrimiento de aquella vibración universal. ¡Vivir!