Varias veces a la semana se dirigía a catas, y descubrió el hecho de que como en la sociedad misma, hay vinos amables, pesados, nerviosos, nobles, ordinarios, peleones, recios, fatigados, tranquilos. Si esto ya le sonaba insólito, se sorprendía aún más, cuando comprobaba que los vinos no van desnudos: hay vinos con una buena capa y otros con un bello y sugerente vestido; lo llaman la anatomía etílica.
No hay mejor palabra que «cuerpo» para describir las sensaciones que el vino provoca a su paso por la boca. Todo vino, todo cuerpo, debe tener un buen esqueleto, una estructura que determine su porte y envergadura para que parezca tener cierto carácter de sólido. Aunque el esqueleto es imprescindible para que el vino dé la talla, es indudable que ha de ser suavizado por la carne, que le sirve de relleno y le proporciona unas sensaciones menos ásperas, y más confortables y acolchadas.
Pero no queda ahí la cosa: un cuerpo con un buen esqueleto y su correspondiente músculo dista mucho de ser perfecto, si le falta nervio; necesitan de una acidez que los anime, que les proporcione garra y carácter. El nervio le proporciona al vino la sensación de frescura, vigor, animación, vivacidad; aunque en exceso hace que el vino se vuelva nervioso y agresivo.
Al parecer el vino no dista mucho del carácter de un ser humano, ¡Cuerpo, lágrimas y piernas!
Por eso es tan importante prestar atención al primer reconocimiento nasal, que debe durar solo unos segundos. La fragancia y el color abren un mundo en forma de uva y entregan ese placer pecaminoso.
Entonces John Marcel Leopold entendió que beber vino era un placer y el catar consiste básicamente en intentar reflexionar sobre lo que se está bebiendo.
Centrando toda la atención, mirándolo, oliéndolo y probándolo se tiene la posibilidad de experimentar todos sus matices. Es el arte del buen beber. Y del buen vivir.
