Muy pocos sospechan la existencia de esta doble montaña. Es como si las propias leyes de la percepción hubieran rediseñado su aura para pasar de largo junto a ella.
Sentada en el camino espere pacientemente, pero nada sucedió. Tenía ante los ojos la imagen familiar de la montaña, con todas sus maravillas y bellezas. Estaba a punto de preguntarme qué era lo que debía mirar, cuando un repentino movimiento me llamó la atención. No fue más que un resplandor a medias entrevisto, un pestañeo y desapareció. No observe ningún cambio, la montaña era la misma que había conocido.
Al notar una brisa en mi cara volví a observar a la montaña. Entonces pude verla. Oí como me llamaba por mi nombre.
Reaccione estremeciéndome, y eche a andar hacia ella con el murmullo de mi respiración y el crujido de mis pies.
Me dijo que se llamaba «Yo, Piedra»
