Mi deambular en esta isla transcurre también, entre los barrancos soleados donde silban los alisios.
Son espacios singulares, abruptos y profundos, con paredes que se alzan imponentes hacia el cielo. Algunos huelen a tierra mojada; otros, a polvo del desierto.
Sus caminos serpentean entre riscos de flores que invaden los lados del camino; las cerrajones deslumbran con sus ramilletes de flores amarillas; los bejeques, los cardos… Un poco más al fondo, pequeñas higueras sobreviven al olvido; un poco más arriba, en la lejanía, se distinguen las hileras de pinos.
Organismos vivos, de esencias secretas y distorsiones retínicas.
Existen aquí infinitas almas, están animados estos barrancos; pequeñitas y variadas, como las mariposas, y también personajes solemnes, como los cuervos.
En ellos se ven los colores sutiles, ámbar, azul, y sombras oscuras de violetas que brillan en este paisaje tan escarpado, donde yerguen orgullosos peñascos cincelados a través de los tiempos.
Desearía tener tiempo para contaros sólo unas pocas de las historias o una o dos de las canciones que se oyen entre sus paredes. Estos barrancos acogen mil formas de despertar los sentidos.

Y, yo, formo parte de ellos.