Desde la laurisilva hasta los grandes pinares.
Además de la rareza casi fantástica de la luz, de colores puros y refulgentes, el olor de los bosques flota en el aire.
Permanece machacón, y baja hasta la materia de la piel en ráfagas súbitas que se evaporan dejando la camiseta mojada.
Frondosos y verdes, testigos de épocas pasadas; y echas a andar con un murmullo de hojas y un crujido de ramas.
Majestuosos pinos de talla portentosa, con la luz del sol reflejada en sus ramas. Y caminas entre alfombras de pinillo y las brisas del alisio.

Son espacios para dulcificar el alma, para regocijar el espíritu.