Una bañera en el jardín.

Delicadamente y suavemente, sigilosa, se llena la bañera. Rodeada de lavanda, de tomillo, con la fragancia de la albahacas, la hierbaluisa y el dulce aroma de los limoneros. Te zambulles en el agua fresca; la piel dejándose acariciar por el sol, dulce vitamina; un tenue hundimiento con la cabeza para burbujear, glu glu glu, y una cabeza mojada resbala el agua; ay, que alivio. Te sumes en el silencio de las bandadas de canarios, las rasantes de los mirlos; la pareja de cernícalos y su joven impetuosa cría arriba en las nubes; los lagartos alzan sus cabezas con un ojo en el rabillo; las libélulas azules y verdes; el zumbido de los insectos; la lejanía del hilo de música.

Un suspiro, te vuelves a remojar, para limpiar, purificar, para relajar. Un suspiro de deseos de amor, de paz, de serenidad.

Se ve un un árbol espina de Jerusalén con un atardecer amarillo.

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