Valentina cerró el libro. Se quedó sentada durante un largo rato mirando el cuadro de su salón. Más o menos así pasaron unos treinta minutos. Encendió un cigarro. Se levantó decidida y abrió el salón. Respingo la nariz, cerro los ojos y respiró. Cuando los abrió solo divisaba una calle que no tenía árboles. Coches en filas. Fachadas de edificios sucios, desvanecidos. El aire era turbio, apenas había brisa. No olía nada ni a nada. Se oían zumbidos de coches, ruidos de la noche ahogados en una ciudad. Miró hacia el cielo y tampoco vio estrellas.
.-«¡Vaya mierda!.- se dijo Valentina. Y girando sobre sí misma cogió su bolso, las llaves y bajó corriendo las escaleras hacia la calle. Necesitaba despejarse un poco.
En la noche, en las calles, en la ciudad la gente camina sin apresurarse. Subir, bajar, ir, venir. Todos antes de cruzar, miran hacia la izquierda y después hacia la derecha. Valentina dobló por la primera a la derecha, luego por la primera a la izquierda y así sucesivamente hasta llegar a uno de los centros de la ciudad.
Soberbios edificios bordeaban una despampanante avenida llena de árboles, fuentes y focos de luces. Transeúntes vestidos elegantemente paseaban conversando. Una gama variopinta surtida de efectos. Aquel espacio era fascinante. Valentina se acomodaba en unos de esos bancos de piedra y se pasaba largas horas mirando, notando el pulso de aquel pulmón efervecente.
Valentina resopló un resoplido, expiró hacia sus pulmones y sintió uno de esos raros e inesperados momentos en que calla la voz interior y uno se siente en paz con el mundo. Ensimismada en sus tribulaciones no notó la presencia de un hombre que se aproximaba hacia donde ella se encontraba. Cuando reaccionó, ya estaba a su lado.
.-«¡Vaya que sorpresa!.- atinó a decir Valentina, levantándose como un resorte algo aturdida.- Creí que estaba sola!».
El joven se limitó a encogerse de hombros y solo le respondió: .-«Espero que no vuelvas a echar a correr».-
Valentina y el joven comenzaron a andar. Habían recorrido un buen trecho, uno al lado del otro, caminando siempre en línea recta y además en silencio. Entonces se pararon. Se miraron. Se sonrieron. Y se besaron. Pero solo por un instante. Era un beso ya dado. Acababan de iniciar un camino. Sus corazones acababan de hablar. Permanecieron el uno frente al otro preguntándose que podían decir y en que lenguaje hacerlo. Estaban justo al lado de una tasca. Y justo en ese preciso momento, en mutua sintonía, al unísono, ambos jóvenes dijeron: .-«Comamos».-. Se miraron sorprendidos y empezaron a reír. Y entonces entraron. De pronto sintieron hambre y sed. Mucha sed.
Acomodados en una mesa, mientras pedían la carta, Valentina recordó la primera vez que lo había visto, en mayo.
.-«Tenía el dorso desnudo y limpiaba el motor de un viejo cucaracha. Ella contuvo el aliento cuando al llegar a la esquina de la calle le vio. No creía haber visto nunca una exhibición tan clara de masculinidad. Su aparente indiferencia, la confianza que desprendía. Llevaba despeinado el espeso cabello castaño y tenía la piel curtida. Lo observó mientras el se llevaba una botella de agua mineral a los labios y bebía sediento antes de vaciarcela por la cabeza para refrescarse. Pequeños arroyos corrieron por su dorso, deslizándose por los músculos. Recordó como sus ojos se encontraron. Como se ruborizó al darse cuenta que estaba mirando alelada. Como echo a correr sin decir nada.-«.
Y ahora sentada frente a el se sentía como un tomate frito, nerviosa, excitada, en las nubes. El joven pidió los menús y las bebidas. Y con la mayor naturalidad mientras servía en las copas comenzó a relatarle que el era ingeniero, que le gustaba cocinar, que le gustaba ella, que bla bla bla.
La velada había sido perfecta, habían quedado para otro día, no se atrevieron de momento a más. Como una madeja de hilo descorrieron el camino. Volvieron a ir, venir, subir, bajar por la ciudad, mirar a la izquierda, mirar a la derecha.
Valentina y el joven anduvieron más allá de la Ramón Cajal hacia abajo por el paseo de Megal, alrededor de la Plaza de los Patos. En un momento dado desembocaron en la Paz y alzaron la cabeza de golpe. Tuvieron que parar para digerir la visión. Estaban atrapados en una historia de amor, estaban atrapados en un libro. Y en ese momento descubrieron que estaban vivos.
Desconcertados al principio permanecieron de pie mirándose de arriba abajo, de abajo arriba; de unos ojos burlones a unos labios balbuceantes titilantes de asombro. Tras unos minutos de sobresaltos, de interrogantes insospechados, se acomodaron en un banco de la Rambla, debajo de esos árboles con colgantes de nombres en latín y mantuvieron la calma.
Unos ecos lejanos de cantos boleros resonaban en la plácida noche de la ciudad, confundiéndose con las brumas marinas que endulzaban el aire. Respiraron con una música de aromas perfumados que ascendían en remolinos de fragancias de jazmines, azucenas, dalias…, revoloteando como nubes encima de sus cabezas. Y esperaron.
Sentados en el banco esperaron. Valentina y el joven, en una maravillosa historia de amor.