Estar un día y una noche, en las cuevas de Santo Domingo es como retroceder en el tiempo. Recuerdos de infancia al lado y junto al mar; los días en los que siempre sopla el viento del norte; las pequeñas calas de las erosionadas lenguas volcánicas; las lapas en las piedras; los cangrejos rojos gigantes al sol caliente; el fulgor del sol en la piel; esa modorra tan dulce del agua transparente; el aroma intenso de esencia salobre; el color turquesa de las grandes piedras en las profundidades; el brillo plateado debajo de tus pies-


Tienes el día y la noche; tienes también la brisa fresca del barranco. Junto al mar se prolongan los instantes, te encuentras atrapada en un sin tiempo; fluye una relajación donde todo se desdibuja. El leve murmullo de la resaca del mar; el estampido en las grutas marinas; las fabulosas esculturas de lava, guardianas de un tiempo remoto.
Aquí, en estos lugares recónditos, perdidos, es donde comienzan los pequeños placeres que de pequeña había aprendido.


Las estelas de espumas blancas; las espirales en ráfagas repentinas de gotitas saladas; las confusas líneas del mar con las del cielo.
Son de Agosto, de celebrar mi cumpleaños, de disfrutar del verano.
Y de cala en cala, saltando de piedra en piedra; buscando las lenguas de lavas de las charcas color turquesa; bañándote en su aguas claras.

Y en esa calma chicha; en esa ensoñación mágica, canto versos de poesía; se confunden las emociones; como en una gran paleta de color, voy dibujando mi interior. Desde el fluir de un amanecer hasta al atardecer.
Ah¡ tantas cosas que me gustaría contar; me faltan palabras para describir la gratificante sensación de son de mar.
