Me busque en la montaña del Roque, a 2.426 metros como guía de mi misma. Habiéndome adelantado, unos pocos kilómetros antes de la llegada de unos excursionistas, hacia un lugar alejado, descubrí una cueva bastante bien conservada, de la que al principio pensé que no habría sido expoliada por ningún turista.
Sentí la curiosidad de entrar. Despeje los arbustos y vi que no estaba oscura. Entré, miré, busqué, no había nadie. Me pareció que ya habían arrasado todo lo que era de algún valor. Pero en el suelo, en un rincón descubrí enterrado en una pared, una piedra. En ella había varios signos; eche una ojeada sobre su contenido.
Eran unos signos en lengua que yo no conocía, aunque sabía lo bastante para comprender que aquella piedra era distinta, única.
Podía ser entretenida, se mostraba en ella cosas universales, con signos raros y dibujos llenos de vida.
Y cansada como estaba, nada mejor para distraerme de la caminata del día que la contemplación de una piedra extraña.
Luego, de regreso, fue cuando oí a yo Piedra.
Me sorprendió la intensidad de la sensación que, de repente, me perturbo. La transformación que experimentaba era tan evidente, que en un gesto intuitivo, intente enrollarme en mi misma. Y en un silencio me quede. Aquel segundo pasó. Igual que vino, se fue. Es demasiado complicado decirlo en pocas palabras, y emplear muchas palabras lo embrollaría más.
Esa sensación, contra toda probabilidad y contra toda expectativa, se abrió de pronto ante mí y me dio todo lo que había imaginado, y supe, supe inevitablemente qué seguirán otras.
De rodillas ante aquel inmenso manto de estrellas, junto a Yo Piedra intente recordar quién era. Podría decirse que el frío del Roque me refresco la memoria.
Tantas cosas, que yo quisiera nombrar, por descripción o definición, desaparecen de mi vista, o se hacen vagas y se envuelven en el mar de nubes…
Un viento alisio silbaba una dulce melodía; cuando regreses a mi, y junto de nuevo contemplemos estrellas con el pie y fantasías con la imaginación, hablaremos otra vez de esas ebriedades que hay en otros lugares de tu corazón.
Y quizás aún no ha llegado el final de mi odisea. Hacía viento en el Roque, era otro mundo. Ignorando dónde estaba y por tanto que dirección me convenía, tome la del alisio. Luego fue cuando me caí.
Si me hubiese marchado, ahora solo conocería el final y no el comienzo de la historia. O bien no estaría aquí, como estoy ahora, en mi jardín, mientras me pregunto si aquello fue realmente el final o el principio, o si el final aún esta por llegar.
Y me parece que esta batalla no es necesariamente definitiva y que algún día podrá conducirme de nuevo, por vericuetos complicados e informes a otro lugar.
Ahora ya puedo caminar y mover mis manos. Y miro hacia la montaña, con ganas de volver a ella.
